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Contaré la historia de una mujer cuyo nombre
capicúa es Ana y cuyo lugar de origen es Comala. Vivió unos
años en Atayahualpa, pero casi muere en Itaca.
Ana, nombre de su madre y de su abuela y de su hermana ya muerta.
Mujer caracol, mujer caña y mujer venado. Olas tatuadas tiene en su
espalda, tortugas marinas le llaman mientras duerme cansada.
Habla de barcos hundidos y velas quemadas, de mitos urbanos
chamuscados, de libros incompletos y caminares inconclusos, de
cuentos de hadas y de musas: suspiro de diosas y exclamaciones del
diablo.
Capicúa habla de palabras llenas ya vacías, no concibe el futuro y
sólo percibe su lengua materna Casacatúm, influyente y delicada,
sonora y medio creada.
Ella, mujer caña, reconstruye su historia, aprende de olvidos
impulsivamente buscados, se demanda en la comisura de los restos de
su madre, se interpone entre el guión escrito entre sus venas,
concilia con habitantes fantasmas que no le dejan avanzar, se conoce
como Alicia, del otro lado del espejo, y se cuestiona todo como
aquel príncipe pequeño.
Ella, mujer venado, camina solitaria entre el bosque embriagado y
muerde manzanas embrujadas. Observa a palomas blancas que
duermen en el filo de cornisas citadinas. No conoce el mar
Tirreno, pero sueña con el Golfo Tarento. Se despidió por
siempre de Helena: imagen divina de la belleza, mujer que al final
no se quedó conmigo, y que sólo anidó en el hueco de mi piel, justo
en medio de ella y de mí.
Ella, mujer caracol, entrega su alma por ti, esperando que mañana
sea por mí. Espera que la busques siguiendo el rastro de su
piel, el cometa de sus labios que pronto llegarán a Troya. Por
casualidad camina descalza por las mañanas frente a un árbol viejo
que le muestra imágenes acústicas de lo eterno.
Por costumbre le pregunta a su padre: cucaracha solitaria, Micenas
desaparecida, lacónico asesino; ¿Porqué te empeñaste en concebirme?
¿En darme una palmada en la espalda para que llorara sin haber
sufrido? ¿Porqué no me dejabas tocar las nubes que a mí se
acercaban?
"Si me tocas serás tocado" dice sollozando Ana a su padre, al mismo
que dibuja cada noche en su almohada con agua salada.
No se espanten si les digo que Ana morirá en poco tiempo, si les
muestro un poco de su piel sangrante y poco reconstruida, si les
digo que tiene heridas de esas que dejan cicatrices, que últimamente
habla con figuras pasadas y llora en avenidas desoladas y que sueña
con Marte y nubes y Ayas vagabundas, de esas de las que habla Dante,
de esas que mueren por amor.
No se espanten si les digo que ella es ilusión. Que así como
llega se va para siempre, que no se despide, que jamás se queda.
Que no hay nada peor que miradas perdidas y verdades sin razón, que
sabios incultos en el arte del amor, muerte sin vida y locura sin
risa.
No se espanten si les digo que ella no escribe los verbos, que ella
los sangra y que tiene la piel un poco oscura por tanto andar en el
suelo. Conoce el aire griego y habla de las mezquitas que aun
no conoce, de muros derrumbados que percibe como vagos, de soledades
bien acompañadas, de sus abuelos, pobres viejos que también están
muertos.
No se espanten si les digo que habla con los árboles que tienen
sexo, que asombran y que se convierten en sol y que alumbran,
alumbran tanto que ciegan los grandes ojos de capicúa, caracol,
caña, venado.
Ana, mujer que sólo recuerda, olvida y recuerda, recuerda que olvida
y olvida que alguna vez recordó su tierra muerta, verde y
desaparecida, Atayahualpa.
*Como anexo Ana dice que es mujer de estatua
pequeña, de cejas semi-empolvadas, ojos noctívagos, nariz robusta,
complexión cansada, tez: entre pardo bandae y ocre tardío y de
frente popular revolucionaria. Se le puede encontrar divagando
diariamente con Doña chelito en la esquina de su casa.
DIBUJA MIS HERIDAS EN EL CIELO,
háblale de mi cicatriz al viento,
cuéntale de mi silla viuda
y de mis rotos huesos,
confíale mi secreto. Escríbele de mi
chopo de agua y de mi sauce de cristal,
de mis palabras altisonantes, de mis silencios,
de mi llanto sordo y de mi andar
cansado, de mis pies izquierdos y de mi cuarto azul.
Platícale de mi risa inconfundible, de mi diente
roto,
de mi corta estatura, de mis zapatos de Chabelo,
de mi camisa de franela, de mis pantuflas
como garras, de mi perra somnolienta, de mis collares
inventados y de mis ramos de flores como piedras.
Pero no le digas nunca que hundo en abismos
de preguntas, que el sol nunca aparece por mi cuarto,
que quiero huir y no esperar nada, que quiero largarme
junto con esa noche estrellada. No le
digas nunca que una parte de mi cuerpo está muerto,
que una parte más pequeña se fue
con el águila para hablar de secretos
y verdades, que otra parte se quedó en el mar cantando
junto con las olas mentiras no tan dolorosas.
No le digas tampoco que experimentaré
mi propio vuelo desde donde hierve el agua
y aprenderé a crecer al lado del viejo árbol llamado el Tule.
Mucho menos le digas que dormiré
eternas noches en Mitla: lugar de descanso.
A ella no le digas nunca que moriré
llorando su ausencia. Sólo dile que
gritaré su nombre
desde la montaña más alta
que le cantaré una noche
junto al amanecer más largo
y la ola más grande.
Sólo dile que espere mi último canto. Jessica Piedras estudia Letras Hispánicas en la
Universidad Autónoma Metropolitana, Plantel Ixtapalapa. Imparte
talleres de literatura y colabora en revistas como: Alforja, Épica,
Oráculo, Neurona Fugaz, Cuiria, Musaraña, Café Tequila, Alterarte,
La Abeja-Nueva Generación, Carrizos, Arte-sano, Directriz, Blue &
Blanc, ente otras. Tiene seis publicaciones colectivas en México,
una en Canadá y tres publicaciones individuales con Omega Ediciones:
Desnuda que estoy ante vosotros, Imágenes desgarradas por el
viento y Esperando amaneceres sin olvido; una publicación con
Ediciones Épica: Muerte que vienes disfrazada. |